lunes, 20 de mayo de 2013

SUSANA BACA EN GINEBRA

Hoy, reservo todas mis líneas, para transcribir íntegramente, el último discurso de la ex Ministra Susana Baca de la Colina, pronunciado en Ginebra. Me sumo absolutamente a lo dicho:
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LA PROMOCIÓN DE DERECHOS DE LAS PERSONAS DE ASCENDENCIA AFRICANA
     Al compartir con ustedes en este debate, lo hago en mi calidad de ex ministra de Cultura del Perú. Hablo como mujer negra de origen humilde, que ha tenido la oportunidad de ser profesora, cantante, embajadora local a favor de UNICEF y Ministra de Estado.
Vengo de un país ecológicamente mega multi diverso, que vive en democracia y ha tenido un crecimiento económico sostenido durante los últimos veinte años.
Vengo de un país que es considerado atractivo por los inversionistas, que tiene más del 70% de población urbana y acceso general creciente a las tecnologías más modernas de la información y la comunicación.
Vengo de un país multilingüe y pluricultural en el que aún hay racismo y discriminación, donde los pueblos ancestrales deben pelear cada derecho, en donde la geografía difícil y un patrón de asentamiento disperso dejan algunos grupos humanos fuera de la corriente del progreso.
Vengo de un país que fue colonizado casi quinientos años y que ha leído su propia historia, hasta hace poco, desde la perspectiva de los hijos y nietos de los colonizadores; porque concentraban más del 75% de todos los ingresos nacionales, y más del 90% de los puestos públicos, a pesar que demográficamente no representaban más que el 10% de la población.
Vengo de un país donde al menos una persona de cada familia negra tiene celular y accede regularmente al internet y en donde una preocupación de las comunidades afro es que la estrategia tradicional de sobrevivencia y adaptación, que ha sido el mestizaje, se ha convertido en un severo riesgo de disolución de la identidad afrodescendiente.  
 
 ¿Por qué esta larga introducción sobre mi procedencia?
Yo creo que hay una relación iterativa entre acceso a la educación, a la conciencia de la propia dignidad, a la experiencia de la organización, y a la ganancia de capacidad política para negociar.
La reflexión de la academia y de la sociedad civil sobre los derechos humanos, así como los acuerdos internacionales han contribuido, por cierto, a que las clases cultas modifiquen su percepción sobre los derechos de las personas, y honren esos derechos, al menos formalmente.
Honremos a los promotores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de la Convención de los Derechos de los Niños y Adolescentes, del Acuerdo sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, de la Declaración de Pekín sobre la Violencia contra la Mujer, de la Declaración de Durban contra el Racismo. Ellos trazan el Proyecto de Humanidad por el cual vale la pena vivir y morir.
Pero los pobres y los colectivos no hegemónicos debemos bregar por nuestros derechos, porque casi nunca los recibimos como donación, sin haberlos pedido. Puede ser que las convenciones se firmen, y que los derechos se reconozcan, pero no se realizan, y hay que estar vigilantes, exigirlos. Como dice el canto, el que no llora no mama.
Los colectivos no hegemónicos construimos nuestra respetabilidad cuando nos hacemos visibles, y para ello debemos tener capacidad de organizarnos, de reconocer necesidades y derechos, de construir acuerdos, de gerenciar conflictos.
Los indicadores de desarrollo de un país no necesariamente expresan cuánto se realizan los derechos. Hay que desagregarlos por zonas geográficas, por niveles económicos, por grupos étnicos. Las estadísticas pueden engañar y todos sabemos que es fácil ahogarse en una laguna que tiene medio metro de profundidad promedio.
 Hay que indagar cuántos de los derechos formalmente reconocidos son accesos vacíos. Niñas y niños que van a la escuela, pero no aprenden. Pueblos con puestos de salud sin capacidad resolutiva y con horarios que no permiten usarlos. Empleos donde inviertes fuerza y tiempo pero que no te dan ingresos básicos decentes.
 
 Quizás el primer paso de este proceso sea la construcción de una visibilidad social de la exclusión.
Pero esto ayuda poco si no hay la construcción de una ciudadanía subjetiva. Si el excluido se siente culpable de su exclusión, si no se quiere y respeta, si piensa que es inferior y no merece avance, si se hunde en los estereotipos que le asignan destinos subsidiarios. No es fácil la ciudadanía subjetiva cuando se pertenece a un colectivo no apreciado, considerado menos digno.
Los derechos pasan por el auto aprecio, por reconocer la identidad y sostenerla, para que la inclusión no signifique obligación de mimetizarse y olvidar lo que se ha sido. Sin autoaprecio no se contesta la exclusión.
 
Y el autoaprecio requiere que se realicen los derechos culturales.
¿Cómo puede amarse una niña negra si piensa que es la heredera de un pueblo que mereció la esclavitud porque es inferior? ¿Cómo pueden respetarse los adolescentes de un colectivo rural de afrodescendientes si sólo conocen que su pueblo fue una ranchería de esclavos y que se deteriora porque los negros sin amo son incapaces de progreso? ¿A qué ciudadanía digna puede conducir el consejo de casarse con un hombre o una mujer más blanca, para mejorar la raza? ¿Qué derecho a la identidad puede sentir un escolar que es acosado porque es negro y a quien sus compañeros le dicen que después del mediodía ya no piensa? ¿A dónde va una joven a quien le recomiendan desistir de una carrera prestigiosa porque es negra y las negras sólo van como deportistas, cocineras, bailarinas o asistentes domésticas?
La herencia de la esclavitud necesita un ejercicio liberador. No sólo de las comunidades y los individuos afrodescendientes, que cargamos el estigma de venir de una raza supuestamente servil y subdotada. También de las sociedades del racismo y la discriminación, que cargan su tara de inhumanidad y de violencia interna porque niegan los derechos y la historia.
 Recién en 2010, y por primera vez, un Presidente del Perú reconoció la deuda de la sociedad peruana con los afrodescendientes, la importancia del aporte negro a la cultura, la herencia de racismo en las costumbres, y pidió perdón públicamente a las comunidades y personas afrodescendientes, en nombre de la Nación. Fue sólo un gesto, pero fue un primer gesto.
En 2011 tuvimos el primer negro que fue ministro en el país, Susana Baca, y comenzamos la preparación de la sala del aporte negro en los museos. Pero sí habían existido ministros afrodescendientes, mucho más claros de piel y de familias más acomodadas, por supuesto, y nunca comentados como negros.
El año pasado, en 2012, por primera vez, las autoridades educativas reconocieron que el currículo, desde la edad temprana, debe tratar sobre el tráfico trasatlántico de esclavos, sobre el extraordinario pueblo que sobrevivió a la navegación en condiciones infrahumanas y a condiciones de explotación de abuso extremo. Y se comenzó a producir materiales educativos que, también por primera vez, no traían sólo contenidos de consuelo para los afrodescendientes, sino información necesaria, para que la sociedad reconozca las fuentes y rechace la profunda estupidez de la discriminación que la atraviesa y contamina la convivencia.
Por primera vez este año en mi país hay un estado de situación de la niñez y la adolescencia afrodescendiente. Pero nuestro grupo no se menciona en el nuevo Plan Anual por la Infancia. La razón parece ser porque somos muy pocos. Pero somos pocos porque todavía es un estigma confesarse afrodescendiente, y es mejor mimetizarse con la sociedad criolla.
Hace siglos optamos por el mimetismo y el mestizaje, recién con el movimiento de liberación anticolonial africano fuimos construyendo el orgullo de ser negros, sobrevivientes, creativos, aportadores a la cultura nacional, versátiles, capaces de desarrollo en los diversos campos de la convivencia humana.
Hoy somos más de 40 organizaciones peleando por derechos culturales, por un espacio de respeto y dignidad, por ventanas para que entre el aire fresco del Proyecto de Humanidad nuevo en nuestra patria.
 Hoy un turista en Lima puede maravillarse de encontrar pasacalles multiculturales con decenas de bandas musicales y miles de bailantes. Porque la Lima criolla y semiblanca se ha ido volviendo la ciudad de todas las sangres, y esta multiculturalidad que antes se escondía con vergüenza hoy se luce con la cabeza alta. Y una parte alegre y profunda de esa identidad está marcada por los ritmos negros del Perú, por los cajones y quijadas de burro de nuestra música, por los cantos de recordación de la esclavitud agrícola y de las ganas de vida a pesar del dolor y de la humillación.
Hoy el país vive la fiesta del reconocimiento de su gastronomía. Pero ha pasado por reconocer los aportes de cada pueblo, por recuperar insumos y saberes y sabores. Hoy se buscan y se respetan los productos de las manos morenas, y uno de los valores más altos de nuestra gastronomía es una mujer negra, doña Teresa Izquierdo, que se ha vuelto un instrumento poderoso de respeto mutuo y orgullo compartido.
Porque la promoción de derechos y de la ciudadanía subjetiva pasa por el respeto, por el reconocimiento del valor de lo propio y lo diverso.
Hoy los peruanos me creen cuando les digo que soy negra y que lo digo con orgullo, como le creen al cholo que ya no se avergüenza de ser cholo.
Es que hoy sabemos que tenemos derechos y merecemos honra. Los que fuimos invisibles o despreciados, negros, cholos, amazónicos, hijos de asiáticos migrantes, hoy somos mayoría y ahora puede ser cierto el lema patrio,
El Perú puede y quiere ser FIRME Y FELIZ POR LA UNIÓN, porque aunque nos falte andar y madurar, así lo merecemos.
 
Muchas gracias,
 
Ginebra, Abril 2013.
 
Susana Baca
 
 
 

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