SUSANA BACA EN GINEBRA
Hoy, reservo todas mis líneas, para transcribir íntegramente, el último discurso de la ex Ministra Susana Baca de la Colina, pronunciado en Ginebra. Me sumo absolutamente a lo dicho:
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LA PROMOCIÓN DE DERECHOS DE
LAS PERSONAS DE ASCENDENCIA AFRICANA
Al compartir con ustedes en este
debate, lo hago en mi calidad de ex ministra de Cultura del Perú. Hablo como
mujer negra de origen humilde, que ha tenido la oportunidad de ser profesora,
cantante, embajadora local a favor de UNICEF y Ministra de Estado.
Vengo de un país ecológicamente mega
multi diverso, que vive en democracia y ha tenido un crecimiento económico
sostenido durante los últimos veinte años.
Vengo de un país que es considerado
atractivo por los inversionistas, que tiene más del 70% de población urbana y
acceso general creciente a las tecnologías más modernas de la información y la
comunicación.
Vengo de un país multilingüe y
pluricultural en el que aún hay racismo y discriminación, donde los pueblos
ancestrales deben pelear cada derecho, en donde la geografía difícil y un
patrón de asentamiento disperso dejan algunos grupos humanos fuera de la corriente
del progreso.
Vengo de un país que fue colonizado
casi quinientos años y que ha leído su propia historia, hasta hace poco, desde
la perspectiva de los hijos y nietos de los colonizadores; porque concentraban
más del 75% de todos los ingresos nacionales, y más del 90% de los puestos
públicos, a pesar que demográficamente no representaban más que el 10% de la
población.
Vengo de un país donde al menos una
persona de cada familia negra tiene celular y accede regularmente al internet y
en donde una preocupación de las comunidades afro es que la estrategia
tradicional de sobrevivencia y adaptación, que ha sido el mestizaje, se ha
convertido en un severo riesgo de disolución de la identidad afrodescendiente.
¿Por qué esta larga introducción
sobre mi procedencia?
Yo creo que hay una relación iterativa
entre acceso a la educación, a la conciencia de la propia dignidad, a la
experiencia de la organización, y a la ganancia de capacidad política para
negociar.
La reflexión de la academia y de la
sociedad civil sobre los derechos humanos, así como los acuerdos
internacionales han contribuido, por cierto, a que las clases cultas modifiquen
su percepción sobre los derechos de las personas, y honren esos derechos, al
menos formalmente.
Honremos a los promotores de la
Declaración Universal de los Derechos Humanos, de la Convención de los Derechos
de los Niños y Adolescentes, del Acuerdo sobre los Derechos de los Pueblos
Indígenas, de la Declaración de Pekín sobre la Violencia contra la Mujer, de la
Declaración de Durban contra el Racismo. Ellos trazan el Proyecto de Humanidad
por el cual vale la pena vivir y morir.
Pero los pobres y los colectivos no
hegemónicos debemos bregar por nuestros derechos, porque casi nunca los
recibimos como donación, sin haberlos pedido. Puede ser que las convenciones se
firmen, y que los derechos se reconozcan, pero no se realizan, y hay que estar
vigilantes, exigirlos. Como dice el canto, el que no llora no mama.
Los colectivos no hegemónicos
construimos nuestra respetabilidad cuando nos hacemos visibles, y para ello
debemos tener capacidad de organizarnos, de reconocer necesidades y derechos,
de construir acuerdos, de gerenciar conflictos.
Los indicadores de desarrollo de un
país no necesariamente expresan cuánto se realizan los derechos. Hay que
desagregarlos por zonas geográficas, por niveles económicos, por grupos
étnicos. Las estadísticas pueden engañar y todos sabemos que es fácil ahogarse
en una laguna que tiene medio metro de profundidad promedio.
Hay que indagar cuántos de los
derechos formalmente reconocidos son accesos vacíos. Niñas y niños que van a la
escuela, pero no aprenden. Pueblos con puestos de salud sin capacidad
resolutiva y con horarios que no permiten usarlos. Empleos donde inviertes
fuerza y tiempo pero que no te dan ingresos básicos decentes.
Quizás el primer paso de este
proceso sea la construcción de una visibilidad social de la exclusión.
Pero esto ayuda poco si no hay la
construcción de una ciudadanía subjetiva. Si el excluido se siente culpable de
su exclusión, si no se quiere y respeta, si piensa que es inferior y no merece
avance, si se hunde en los estereotipos que le asignan destinos subsidiarios.
No es fácil la ciudadanía subjetiva cuando se pertenece a un colectivo no
apreciado, considerado menos digno.
Los derechos pasan por el auto
aprecio, por reconocer la identidad y sostenerla, para que la inclusión no
signifique obligación de mimetizarse y olvidar lo que se ha sido. Sin
autoaprecio no se contesta la exclusión.
Y el autoaprecio requiere que se
realicen los derechos culturales.
¿Cómo puede amarse una niña negra si
piensa que es la heredera de un pueblo que mereció la esclavitud porque es
inferior? ¿Cómo pueden respetarse los adolescentes de un colectivo rural de
afrodescendientes si sólo conocen que su pueblo fue una ranchería de esclavos y
que se deteriora porque los negros sin amo son incapaces de progreso? ¿A qué
ciudadanía digna puede conducir el consejo de casarse con un hombre o una mujer
más blanca, para mejorar la raza? ¿Qué derecho a la identidad puede sentir un
escolar que es acosado porque es negro y a quien sus compañeros le dicen que
después del mediodía ya no piensa? ¿A dónde va una joven a quien le recomiendan
desistir de una carrera prestigiosa porque es negra y las negras sólo van como
deportistas, cocineras, bailarinas o asistentes domésticas?
La herencia de la esclavitud necesita
un ejercicio liberador. No sólo de las comunidades y los individuos
afrodescendientes, que cargamos el estigma de venir de una raza supuestamente
servil y subdotada. También de las sociedades del racismo y la discriminación,
que cargan su tara de inhumanidad y de violencia interna porque niegan los
derechos y la historia.
Recién en 2010, y por primera
vez, un Presidente del Perú reconoció la deuda de la sociedad peruana con los
afrodescendientes, la importancia del aporte negro a la cultura, la herencia de
racismo en las costumbres, y pidió perdón públicamente a las comunidades y
personas afrodescendientes, en nombre de la Nación. Fue sólo un gesto, pero fue
un primer gesto.
En 2011 tuvimos el primer negro que
fue ministro en el país, Susana Baca, y comenzamos la preparación de la sala
del aporte negro en los museos. Pero sí habían existido ministros
afrodescendientes, mucho más claros de piel y de familias más acomodadas, por
supuesto, y nunca comentados como negros.
El año pasado, en 2012, por primera
vez, las autoridades educativas reconocieron que el currículo, desde la edad
temprana, debe tratar sobre el tráfico trasatlántico de esclavos, sobre el
extraordinario pueblo que sobrevivió a la navegación en condiciones
infrahumanas y a condiciones de explotación de abuso extremo. Y se comenzó a
producir materiales educativos que, también por primera vez, no traían sólo
contenidos de consuelo para los afrodescendientes, sino información necesaria,
para que la sociedad reconozca las fuentes y rechace la profunda estupidez de
la discriminación que la atraviesa y contamina la convivencia.
Por primera vez este año en mi país
hay un estado de situación de la niñez y la adolescencia afrodescendiente. Pero
nuestro grupo no se menciona en el nuevo Plan Anual por la Infancia. La razón
parece ser porque somos muy pocos. Pero somos pocos porque todavía es un
estigma confesarse afrodescendiente, y es mejor mimetizarse con la sociedad
criolla.
Hace siglos optamos por el mimetismo y
el mestizaje, recién con el movimiento de liberación anticolonial africano
fuimos construyendo el orgullo de ser negros, sobrevivientes, creativos,
aportadores a la cultura nacional, versátiles, capaces de desarrollo en los
diversos campos de la convivencia humana.
Hoy somos más de 40 organizaciones
peleando por derechos culturales, por un espacio de respeto y dignidad, por
ventanas para que entre el aire fresco del Proyecto de Humanidad nuevo en
nuestra patria.
Hoy un turista en Lima puede
maravillarse de encontrar pasacalles multiculturales con decenas de bandas
musicales y miles de bailantes. Porque la Lima criolla y semiblanca se ha
ido volviendo la ciudad de todas las sangres, y esta multiculturalidad que
antes se escondía con vergüenza hoy se luce con la cabeza alta. Y una parte
alegre y profunda de esa identidad está marcada por los ritmos negros del Perú,
por los cajones y quijadas de burro de nuestra música, por los cantos de
recordación de la esclavitud agrícola y de las ganas de vida a pesar del dolor
y de la humillación.
Hoy el país vive la fiesta del
reconocimiento de su gastronomía. Pero ha pasado por reconocer los aportes de
cada pueblo, por recuperar insumos y saberes y sabores. Hoy se buscan y se
respetan los productos de las manos morenas, y uno de los valores más altos de
nuestra gastronomía es una mujer negra, doña Teresa Izquierdo, que se ha vuelto
un instrumento poderoso de respeto mutuo y orgullo compartido.
Porque la promoción de derechos y de
la ciudadanía subjetiva pasa por el respeto, por el reconocimiento del valor de
lo propio y lo diverso.
Hoy los peruanos me creen cuando les
digo que soy negra y que lo digo con orgullo, como le creen al cholo que ya no
se avergüenza de ser cholo.
Es que hoy sabemos que tenemos
derechos y merecemos honra. Los que fuimos invisibles o despreciados, negros,
cholos, amazónicos, hijos de asiáticos migrantes, hoy somos mayoría y ahora
puede ser cierto el lema patrio,
El Perú puede y quiere ser FIRME Y
FELIZ POR LA UNIÓN, porque aunque nos falte andar y madurar, así lo merecemos.
Muchas
gracias,
Ginebra, Abril
2013.
Susana
Baca

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